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miércoles, 19 de septiembre de 2012

Un texto de Richard Stallman, disfrútenlo.



EL DERECHO A LEER
Richard Stallman
Tomado de "La ruta hacia Tycho", una colección de artículos sobre los antecedentes de Revolución Lunar, publicada en Luna City, en el año 2096.
El camino hacia Tycho comenzó para Dan Halbert en la Facultad, cuando Lissa Lenz le pidió que le dejara su computadora. La suya se había averiado, y si no se la pedía a alguien no podría terminar el proyecto semestral. Ella no se habría atrevido a pedírsela a nadie, excepto a Dan. Esto situó a Dan ante un dilema. Tenía que ayudarle, pero si le prestaba su computadora, ella podría leer sus libros. Además de poder ir a prisión durante muchos años por dejar que alguien leyese sus libros, la misma idea de hacerlo le escandalizó al principio.
Igual que a todo el mundo, le habían enseñado desde el parvulario que compartir los libros era repugnante y equivocado, algo que sólo haría un pirata. Y era muy probable que la SPA (Software Protection Authority, Autoridad para la Protección del Software) les cogiese. Dan había aprendido en su clase de Software que cada libro tenía un chivato1 de copyright que informaba a la Central de Licencias de quién, dónde y cuándo lo leía. (Esta información se utilizaba para coger a piratas de la lectura, pero también para vender perfiles de intereses personales a comerciantes).
La próxima vez que su computadora se conectase a la red, la Central de Licencias sería informada. Él, como dueño de una computadora, podría recibir el castigo más severo, por no tomar medidas para prevenir el delito. Por supuesto, podría ser que Lissa no quisiera leer sus libros. Podría querer la computadora sólo para escribir su proyecto. Pero Dan sabía que ella era de una familia de clase media, y que a duras penas podía pagar la matrícula, y menos aún las cuotas de lectura. Era probable que leer los libros de Dan fuese para ella la única forma de terminar los estudios. Sabía lo que era eso: él mismo había tenido que pedir un préstamo para poder pagar los artículos de investigación que leía. (El 10% de los ingresos por ese concepto iba a parar a los investigadores que habían escrito los artículos. Como Dan pretendía dedicarse a la investigación, tenía esperanzas de que algún día sus propios artículos, si eran citados frecuentemente, le proporcionarían el dinero necesario para pagar el préstamo).
Más tarde Dan supo que había habido un tiempo en el que cualquiera podía ir a una biblioteca y leer artículos de revistas especializadas, e incluso libros, sin tener que pagar. Había estudiantes independientes que leían miles de páginas sin tener becas de biblioteca del Gobierno. Pero en los años noventa tanto los editores de revistas sin ánimo de lucro como los comerciales habían comenzado a cobrar cuotas por el acceso a sus publicaciones. Hacia el año 2047 las bibliotecas que ofrecían acceso libre a la literatura académica eran un recuerdo lejano. Naturalmente había formas de engañar a la SPA y a la Central de Licencias. Eran, por supuesto, ilegales. Dan había tenido un compañero en la clase de Software, Frank Martucci, que había conseguido una herramienta ilegal de depuración, y la había utilizado para saltarse el código del chivato de copyright cuando leía libros. Pero se lo había contado a demasiados amigos, y uno de ellos le delató a la SPA para obtener una recompensa (los estudiantes muy endeudados eran fácilmente tentados por la traición).
En 2047 Frank estaba en la cárcel, no por practicar la piratería de la lectura, sino por poseer un depurador. Dan supo más tarde que hubo un tiempo en el que cualquiera podía poseer herramientas de depuración. Incluso había herramientas de depuración libres, disponibles en CD, o en la red. Pero los usuarios normales comenzaron a utilizarlas para saltarse los chivatos de copyright, y llegó un momento en que un juez estimó que éste se había convertido en el principal uso de los depuradores. Esto provocó que pasasen a ser ilegales, y se encarcelara a quienes los desarrollaban. Naturalmente, los programadores aún necesitaban herramientas de depuración, pero en el año 2047 los vendedores de depuradores sólo distribuían copias numeradas, y sólo a programadores con licencia oficial, y que hubiesen depositado la fianza preceptiva para cubrir posibles responsabilidades penales. El depurador que utilizó Dan en la clase de software estaba detrás de un cortafuegos especial para que sólo lo pudiese utilizar en los ejercicios de clase. También era posible saltarse los chivatos de copyright si se instalaba un kernel2 modificado. Más adelante, Dan supo que habían existido kernels libres, incluso sistemas operativos completos libres, hacia el fin del siglo anterior. Pero no sólo eran ilegales, como los depuradores, sino que no se podían instalar sin saber la contraseña del superusuario del sistema. Y ni el FBI ni el Servicio de Atención de Microsoft iban a decírtela.
Dan acabó por concluir que no podía dejarle la computadora a Lissa. Pero tampoco podía negarse a ayudarle, porque estaba enamorado de ella. Le encantaba hablar con ella. Y el que le hubiera escogido a él para pedir ayuda podía significar que ella también le quería. Dan resolvió el dilema haciendo algo aún más inimaginable: le dejó la computadora, y le dijo su contraseña. De esta forma, si Lissa leía sus libros, la Central de Licencias creería que era él quién los estaba leyendo. Aunque era un delito, la SPA no podría detectarlo automáticamente. Sólo se darían cuenta si Lissa se lo decía. Por supuesto, si la Facultad supiese alguna vez que le había dicho a Lissa su propia contraseña, sería el final para ambos como estudiantes, independientemente de para qué la hubiese utilizado ella. La política de la Facultad era que cualquier interferencia con los medios que se usaban para realizar seguimientos del uso de las computadoras por parte de los estudiantes era motivo suficiente para tomar medidas disciplinarias. No importaba si se había causado algún daño: la ofensa consistía en haber dificultado el seguimiento por parte de los administradores. Asumían que esto significaba que estabas haciendo alguna otra cosa prohibida y no necesitaban saber qué era. Los estudiantes no solían ser expulsados por eso. Al menos no directamente, Se les prohibía el acceso al sistema de computadoras de la Facultad, por lo que inevitablemente suspendían todas la asignaturas. Posteriormente Dan supo que este tipo de política universitaria comenzó en la década de los ochenta del siglo pasado cuando los estudiantes universitarios empezaron a utilizar masivamente las computadoras. Anteriormente, las Universidades mantenían una política disciplinaria diferente: castigaban las actividades que eran dañinas, no aquéllas que eran simplemente sospechosas.
Lissa no delató a Dan a la SPA. La decisión de Dan de ayudarle les condujo al matrimonio, y también a cuestionarse las enseñanzas que habían recibido de pequeños sobre la piratería. La pareja comenzó a leer sobre la historia del Copyright, sobre la Unión Soviética y sus restricciones para copiar, e incluso la Constitución original de los Estados Unidos. Se trasladaron a Luna City, donde encontraron a otros que también se habían apartado del largo brazo de la SPA. Cuando la sublevación de Tycho comenzó en 2062, el derecho universal a la lectura se convirtió en uno de sus objetivos principales.
Nota del autor:
El derecho a la lectura es una batalla que se libra en nuestros días. Aunque pueden pasar 50 años hasta que nuestra forma de vida actual se suma en la oscuridad, muchas de las leyes y prácticas descritas en este relato han sido propuestas, ya sea por el gobierno de Clinton, en EEUU o por las editoriales. Sólo hay una excepción: la idea de que el FBI y Microsoft tengan (y oculten) la contraseña de administración de las computadoras. Esta es una extrapolación de las propuestas sobre el chip Clipper y otras propuestas similares de custodia de clave (key-escrow) del gobierno de Clinton, y de una tendencia que se mantiene desde hace tiempo: los sistemas informáticos se preparan, cada vez más, para dar a operadores remotos control sobre la gente que realmente utiliza los sistemas. La SPA, que en realidad son las siglas de Software Publisher's Association (Asociación de Editores de Software), no es hoy día, oficialmente, una fuerza policial. Sin embargo, oficiosamente, actúa como tal. Invita a la gente a informar sobre sus compañeros y amigos. Al igual que el gobierno de Clinton, promueve una política de responsabilidad colectiva, en la que los dueños de computadoras deben hacer cumplir activamente las leyes de Copyright, si no quieren ser castigados. La SPA está amenazando a pequeños proveedores de Internet, exigiéndoles que permitan a la SPA espiar a todos los usuarios. Muchos proveedores se rinden cuando les amenazan, porque no pueden permitirse litigar en los tribunales (Atlanta Journal Constitution, 1 de octubre de 1996, D3.) Al menos un proveedor, Community Connexion de Oakland, California, rechazó la exigencia y actualmente ha sido demandado. Se dice que la SPA ha abandonado este pleito recientemente, aunque piensan continuar la campaña por otras vías. Las políticas de seguridad descritas en el relato no son imaginarias. Por ejemplo, una computadora en una de las Universidades de la zona de Chicago muestra en la pantalla el siguiente mensaje cuando se entra en el sistema (las comillas están en el original en inglés): "Este sistema sólo puede utilizarse por usuarios autorizados. Las actividades de los individuos que utilicen este sistema informático, sin autorización o para usos no autorizados pueden ser seguidas y registradas por el personal a cargo del sistema. Durante el seguimiento de individuos que estén usando el sistema inadecuadamente, o durante el mantenimiento del sistema pueden ser seguidas también las actividades de usuarios autorizados. cualquiera que use este sistema consiente expresamente ese seguimiento y es advertido de que si dicho seguimiento revela evidencias de actividad ilegal o violaciones de las ordenanzas de la universidad, el personal a cargo del sistema puede proporcionar las pruebas fruto de dicho seguimiento a las autoridades universitarias y/o a los agentes de la ley. Esta es una aproximación interesante a la Cuarta enmienda de la Constitución de EEUU: presiona a todo el mundo por adelantado para que ceda en sus derechos.
Copyright 1 996 Richard Stallman.
Se permite la copia literal siempre que se incluya esta nota. Este artículo apareció en el número de febrero de 1.997 de Communications of the ACM (volumen 40 numero 2).
Traducido del original en inglés por Pedro de las Heras Quirós y Jesús M. González Barahona
Preguntas o comentarios: www@gsyc.irt.uc3rm~es
Modificado el: Sat Sep 601:26:04 MEI PSI 1997 Autores: GSyC-WWW Bibliografía Sold Out, James Boyle, NewYork Times, 31 March 1996 (http://www.ese.ogi.edu/sold.out.html. Union for the Public Domain (Unión por el Dominio Público) es una organización nueva que pretende resistir e invertir la tendencia a la aplicación exagerada de la propiedad intelectual. Para más información, mirar http://www.public-domain.org.

1Adj. Soplón.
2http://es.wikipedia.org/wiki/N%C3%BAcleo_(inform%C3%A1tica)


 

sábado, 9 de junio de 2012

Comer y vivir de rodillas, o morir de hambre, pero dignamente.


Es fama la coherencia entre la vida y obra del célebre escritor José Revueltas. No menos reconocida es su eterna e irrevocable militancia comunista. Revueltas afirmó en cierta ocasión, por ejemplo, que cuando trabajó durante un tiempo para la Secretaría de Educación Pública (SEP) le pidieron que ya no regresara a su trabajo, no lo despedirían, por el contrario, le triplicarían el sueldo, lo que deseaban era evitar que los acribillara con las armas de la crítica. Por supuesto, Revueltas rechazó tal oferta y renunció inmediatamente.
         A diferencia de su actitud política, es menos conocida su correspondencia y los avatares que ella cifra. En no pocas de sus cartas, dirigidas la mayoría a su primera esposa, Olivia Peralta, Revueltas le pide perdón por tenerla a ella y a los hijos en la miseria, viviendo de prestado; pide a Olivia su comprensión, a la vez que muestra su remordimiento por la precaria situación de la familia. Y es que, tratándose de un militante que busca siempre estar fuera del sistema al cual vomita, y, además, cuando dedica toda su vida y sus fuerzas a luchar contra el terrible Leviatán, a ese militante siempre le quedará como frase de lápida la ignominiosa frase: “vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”.
         ¿Por qué un hombre debe optar por comer diario con manteca o, contrariamente, malvivir, pero con dignidad y valerosa honradez? La respuesta, en mi opinión, se encuentra no en los poderes formales—que mucha culpa tienen—sino en los poderes fácticos que controlan la vida económica, política y social de nuestro país. Uno de esos poderes tiene nombre, o al menos encabeza a quienes ejercen el control mediático en nuestro país, su nombre: Televisa, cuyo dueño, un magnate que no es más que la expresión de la clase a la cual pertenece, se llama Emilio Azcárraga Jean.
            Este hombre ha sabido lucrar con la ignorancia, los sentimientos y pasiones de los mexicanos. Se ha enriquecido de tal manera que, en un país con tantos pobres como el nuestro, se da el lujo de poseer un yate que cuesta 180 millones de dólares, lo que en pesos mexicanos equivale a una gran, impotente pero corajuda mentada de madre.
         Desde la desavenencia entre el candidato del PRI a la presidencia, Enrique Peña Nieto, y los jóvenes que repudiaron su visita a la Universidad Iberoamericana, los hechos derivaron en un gran movimiento, el denominado “Yo soy 132”, y terminó, “de rebote”, por poner en su mira al consorcio televisivo, mismo que impulsó la candidatura del priísta desde que éste era gobernador del Estado de México.
         Los jóvenes exigen una democratización de los medios de comunicación, una apertura, no tanto a la competencia sino a la verdad. Eso es algo que el mismo Azcárraga parece no entender, pues promueve en su twitter la lectura de un artículo de su autoría publicado en el Wall Street Journal, donde dice “sí” a una tercera cadena nacional de televisión. La solución no es aumentar la simple y llana competencia, algo que, por supuesto, es muy del agrado de una crítica “de gremio”, Carmen Aristegui, de quien no dudo su integridad periodística, pero debo señalar que se nota, cuando menos, simpatizante de las ideas económicas de los dueños de MVS y de Dish.
         El problema de fondo de la democracia en los medios de comunicación es distinto, no se refiere al grotesco nacimiento de otro Goliat televisivo. La exigencia de democratización en los medios, para muchas personas, es novedosa, y por ello desconocen de qué se trata realmente exigir democracia en ese rubro. De entrada, una afirmación: no hay novedad alguna en ese reclamo. Lo novedoso, sin lugar a dudas, es el hecho de que sean los jóvenes quienes encabecen la protesta, pero ella es casi tan añeja como el problema mismo.
         Para muestra, una referencia. El destacado sociólogo Pablo González Casanova, en un discurso pronunciado en 1984, al recibir el Premio Nacional de Historia, Ciencias Sociales y Filosofía, titulado “Discurso por la democracia”, afirmó categóricamente:


La comunicación y la cultura son elementos fundamentales de sobrevivencia nacional. Sin la democratización de la televisión y los medios de masas es imposible enfrentar la transnacionalización sistemática del país, la dependencia creciente de las imágenes, de las razas, de los patrones de consumo, de los ideales de vida, que no sólo nos someten como mexicanos sino como personas.[i]

         Como podrá observar mi amable e inteligente lector, el problema es viejo, pero no deja de ser novedad, precisamente porque no ha sido resuelto. La anterior cita nos puede quitar la venda sobre cualquier duda para determinar de qué se trata la democratización de los medios.
         Es necesario desechar de una vez para siempre la idea de que esto tiene relación alguna con el tema de la competencia, es decir, de la creación de una tercera cadena nacional de televisión. Reducir a ello la “democratización de los medios” es de suyo una bajeza, por lo menos, intelectual. Es atentar contra la inteligencia de todos los que deseamos vivir en un país que goce plenamente de la democracia. Tampoco es, de una vez lo digo, “darle voz a los que no la tienen”, aunque sería un buen comienzo.
         Ahora bien, continuando con el análisis, tenemos que, en primer lugar, la afirmación de González Casanova:

a] “La comunicación y la cultura son elementos fundamentales de sobrevivencia nacional.”
         Este punto es bastante claro. Es un hecho contundente que la “sobrevivencia nacional” no se ve hoy día con tal claridad como hace treinta años o más. Ya no puede hablarse de una “resistencia nacional” pura ante la embestida de los medios, y que no sea contaminada por ellos. Lo que en nuestros días entendemos como “nacional” es aquello que los medios masivos promueven y, claro, mediante lo cual se enriquecen. Un elemento religioso: la virgen de Guadalupe; uno “deportivo”: la selección mexicana de fútbol, y los ejemplos se multiplican.


b] “Sin la democratización de la televisión y los medios de masas es imposible enfrentar la transnacionalización sistemática del país”, o lo que es lo mismo, la enajenación de la posible identidad cultural y sus formas de relación social, entregadas a, y engullidas por, una férrea imposición cultural contraria a todas y cada una de las formas de vida nacional, violentadas en su esencia; mixtificadas y, por último, puestas al servicio del lucro y la explotación. Pero como ya vimos en el punto anterior, ello se está volviendo una quimera.

c] [enfrentar] “la dependencia carente de las imágenes, de las razas, de los patrones de consumo, de los ideales de vida, que no sólo nos someten como mexicanos sino como personas”. Aquí la exigencia de una democratización de los medios refiere el hecho de que ellos no nos muestran una realidad coherente, que corresponda con lo que vemos en nuestro diario trajinar, es más, ni siquiera nos inventan una realidad, sino que nos imponen fantasías, basadas todas ellas, igualmente, en el lucro.

         El magnate del yate podrá decir que a nadie se obliga a prender el televisor, y menos a sintonizar sus canales. Tendrá razón si así piensa, pero esa razón estará fundamentada en una trampa, pues el magnate le habrá hecho “manita de puerco” al derecho que tiene la población al sano entretenimiento televisivo, porque, eso sí, aunque le pese, el espacio por el cual su señal transita, no le pertenece más que a la nación.
         De los patrones de consumo los ejemplos son tantos como para escribir un tratado sobre ellos. El magnate, en su hipotética defensa, dirá también que no se obliga al televidente a consumir lo que sus anunciantes ofrecen, pero, ¿acaso no ejercen una presión desde psicológica hasta biológica sobre los que dedican más tiempo a ver comerciales que a leer? Los patrones de consumo, siendo claros, se imponen mediante diversas estratagemas, no se ofrecen como opción. Lo que los incautos consumidores pagamos no es tanto el producto, ni el trabajo realizado para producirlo, sino la mercancía en toda su maléfica dimensión: pagamos al anunciante, pagamos, en suma, por ver comerciales de televisión.

         Sobre los ideales de vida, éstos se concatenan con la imposición de los patrones de consumo. La postura lucrativa de los medios nos indica, en todo momento, que “tener es ser”. “Lo que tienes es lo que eres”, en esta invasión al subconsciente participan mercancías como automóviles, perfumes, aparatos electrónicos; incluso se vende como buena la actitud que el consumo de cierta marca de cerveza implica.

         La diferencia entre comer diario con manteca, de rodillas, o malcomer, pero vivir de pie y dignamente, radica en nuestras propias posturas ante los medios de comunicación. Las propuestas a este respecto se conducen en dos vertientes. En el aspecto interno, es decir, en lo que debemos hacer para nuestro beneficio inmediato, directo, está:

1] No buscar hacer lo mismo que dichos medios, esto es, lucrar arteramente en nuestros trabajos para conseguir la tan ansiada mercancía que aparentemente logrará llenar un vacío de felicidad. Cada quien conoce el precio justo de su trabajo, sabe qué es lo que vende, y debe avocarse cada vez con mayor ahínco a vivir en la honradez. Lo contrario, aunque nos duela, se llama robar.

2] Procurar la constante reflexión y crítica de los contenidos televisivos, observar sus innumerables inconsistencias entre los mundos de telenovela que venden y la realidad que vive la sociedad en que usted, lector voraz pero incauto televidente, se encuentra. Usted debe analizar, sobre todo, aquellos contenidos que lucran en demasía con nuestros anhelos materiales. Solo así aprenderemos a diferenciar entre lo que necesitamos y lo que no: nadie produce algo que no se vende.

3] No comprar algo nada más porque es de “marca” o porque “lo anuncian en la tele”. Hay que revisar cuántas opciones nos ofrece el mercado y, de ellas, elegir las que más se ajusten al presupuesto familiar y no al afán de “presumir”.


En el aspecto externo, es decir, en lo que debemos exigir a los medios, tenemos:

1] Que se abran espacios para la producción de programas televisivos que aludan directamente a lo que pasa en nuestro país, y no a lo que nos gustaría que pasara. Todos queremos un milagro, pero éste llegará cuando tengamos una televisión culta y no con la emoción que cause una escena malhecha en la que, “milagrosamente”, una planta milagrosa aparece de la nada en el buró de un supuesto enfermo terminal.

2] Exigir que los dueños de las televisoras ganen lo justo, y que no actúen como si también fueran dueños del espacio radioeléctrico y hasta de nuestras conciencias, poniéndole precio a todo lo que sale por sus antenas de transmisión, pisoteando, ahora sí, a los pequeños productores y a los que no tienen voz (estos son los que no pueden pagar un comercial anunciando su producto, donde, por ejemplo, aparezca insistentemente un guajolote que diga, con voz tierna, “no me olvides”).

         Estas propuestas sólo son el arranque. Usted, querido lector, utilice su creatividad, corrigiéndolas, expandiéndolas, ajustándolas a lo que usted considere necesario, porque, como siempre he dicho, mi intención es expresar ideas más que demostrar verdades. Para esto, para demostrar una verdad, necesitamos unirnos usted, yo, ¡todos!, y así generar un consenso que nos lleve al completo goce de una vida democrática, y, por si fuera poco, más barata, eso se lo aseguro.



[i] Pablo González Casanova. El Estado y los partidos políticos en México. México. Era. 1999. P. 13.

viernes, 8 de junio de 2012

La historia, ciencia que nos enseña a no sorprendernos.

No son pocos los amigos o conocidos que me dicen: “¡pero claro, si tú estudias historia, ¿cómo no vas a pensar así!?” Y es que, sin lugar a dudas, el pensamiento de una persona que estudia historia y que busca ejercerla como profesión—tal es mi caso, pues todavía no soy licenciado—se ve influenciado por el pensamiento histórico, o, como dice Pierre Vilar, un eminente historiador, “pensar históricamente”. El historiador recuerda que en cierta charla uno de sus interlocutores le interpeló, “eres un historicista”, a lo que Vilar respondió alegremente: ¡Pero claro que lo soy, si yo nado en la historia! La cita es más larga—estoy haciéndolo de memoria—pero esa es la idea.

         Ahora bien, hablando precisamente de historia y memoria, no como membrete de una revista académica sino como expresión viva de la conciencia humana, diré que soy historicista, si reducimos la definición a la idea de Pierre Vilar, “nadar en la historia”. El pensamiento histórico así, y sólo así entendido, es muy de mi agrado porque así permito que sólo lo que deba sorprenderme lo haga, y no cualquier cosa cuyo aspecto se antoje más bien “histórico”. De si los neutrinos superan o no la velocidad de la luz, de si se expande más rápido el universo, son cuestiones que siempre han captado mi atención, me han sorprendido no pocos de los descubrimientos a que los científicos llegan.

         Creo que la historia, como ciencia social, debería tener como característica reconocible, el hecho de ser una ciencia que nos enseña a no sorprendernos. Me explico antes de cualquier desaguisado. No digo que deba quitarnos esa capacidad de sorpresa o curiosidad que es algo natural de los humanos y que Platón consideraba indispensable para filosofar. No es paradójico, en este sentido, si afirmo que los historiadores, y toda la población en general, no deben perder su capacidad de sorpresa, sobre todo si les intriga cómo es que se desarrolla una socidad; lo que quiero decir con que la historia debe ser la ciencia que nos enseña a no sorprendernos, es que no debemos ver lo que sucede como algo “espontáneo”, en el único sentido de “inexplicable”, aunque sí “espontáneo” en el sentido de impredecible. Ahí radica lo sorpresivo de un hecho histórico.

         El desprecio al historicismo tiene una justificación lógica: éste, al igual que el determinismo, pretenden que los hechos siguen una línea puramente histórica, es decir, que sólo se explican por la historia, y no por otras causas. Ello es una verdad a medias, lo cual se entiende como una completa mentira. Existen circunstancias no atribuibles a la historia, como una sequía, por ejemplo, que pueden contribuir a un cambio social de variadas dimensiones. Lo que sí pertenece a un “historicismo” al estilo Vilar, es aquél en el que la sequía se incluye como parte de la historia, y no, como elemento “extra-histórico”. Así, un cambio climático o cualesquier otra forma extra-histórica que modifique o incida directamente en el desarrollo histórico de cualquier grupo humano, es ya un fenómeno histórico; no el fenómeno, sino su incidencia misma en el hombre.

         Tal es, a mi juicio, la manera más correcta de ver hoy día el historicismo, de entenderlo y, sobre todo, de practicarlo, porque no hay cosa que no pueda ligarse a la historia, es decir, al hombre. ¡Pero claro, si yo estudio historia, ¿cómo no voy a pensar así!?

         Me parece que no debe seguir el menosprecio por quienes se explican todo en términos de la historia. Entiendo, sin embargo, que la manipulación del pasado por quienes manipulan el conocimiento histórico, han hecho que gran parte de la población esté ya harta de una hilarante retahíla de fechas y nombres, y que, ante tal asedio, terminen por mandar la historia al carajo, y decidan “ver hacia el futuro”.

         No es malo enterrar el pasado, es simplemente que no es bueno. Y no es bueno precisamente porque quienes manipulan el conocimiento histórico son también quienes nos ofrecen una versión “real”, “oficial”, de nuestro presente. Desde aquellos que controlan el conocimiento histórico en las diversas instituciones de investigación, hasta los que deciden políticamente cómo ha de mostrarse el pasado, todos ellos meten tijera y logran una muy sesgada interpretación de la historia.

         El conocimiento histórico debe expandirse. Debe superar las visiones “oficiales” y también las que no se declaren como tal. La historia no tiene una ni muchas versiones, no guarda versión alguna. Lo que tiene, en efecto, son diversas lecturas. Puesto que se trata de una ciencia en desarrollo constante, y que se trata de una ciencia, como propongo, que nos enseña a no sorprendernos, no es un derecho, sino un deber que la historia sea vista de manera distinta, conforme los hechos del presente nos ofrezcan las herramientas necesarias para acercarnos a una lectura correcta, histórica, del pasado, y así lograr verdades que, por el desarrollo siempre constante de nuestra sociedad, sean dialécticas, y en el más puro sentido humanista, revolucionarias.



Nota: la diferencia estricta, precisa, entre “versión” y “lectura” puede conseguirse si consideramos que la “versión” de determinado hecho o proceso es invariable, en tanto que una lectura puede modificarse mientras se desarrolla, su fin es más noble, puesto que no lleva prejuicio alguno de antemano; de llevarlo, estaríamos hablando propiamente de una “versión”.

         De las cuatro definiciones que de “versión” nos ofrece el DRAE, dos son las que ilustran mi intención. En primer lugar, tenemos que es el “Modo que tiene cada uno de referir un mismo suceso.” Posteriormente, se señala que es “cada una de las formas que adopta la relación de un suceso, el texto de una obra o la interpretación de un tema.” De las diez acepciones de “lectura”, sólo una satisface mi propósito: “Interpretación del sentido de un texto.” El hecho de que ya se refiera a una “interpretación” habla, ojo, no de “objetividad” o “imparcialidad” (términos de los que hablaré en una futura intervención), simple y llanamente se alude a la ausencia de un prejuicio, es por ello que la lectura de un proceso histórico difícilmente logra este propósito, al menos en el ámbito filosófico, puesto que siempre ejercemos la lectura de determinado hecho histórico con base en nuestros prejuicios, en nuestros sentimientos, y, en fin, en nuestra justa y dimensionada subjetividad.

sábado, 18 de febrero de 2012

¡Ay Sealtiel! ¿Qué hiciste?

Sin lugar a dudas el caso Alatriste ha generado una polémica “inusitada”. Sin lugar a dudas, también, de todo lo que se ha escrito acerca de este tema, es Heriberto Yepes quien, a mi parecer, presenta mayor sobriedad e imparcialidad (sí, la utópica imparcialidad) al respecto. Con fecha sábado dieciocho de febrero, es decir hoy, publicó en Milenio online "De más 'plagios' y 'Letras Libres'"
El escritor señala, a rajatabla: “Curiosamente, Guillermo Sheridan y Gabriel Zaid que tanto alimentan el gang bang de Alatriste no tocan el espinoso tema de que a Octavio Paz —Ogro Filantrópico de dicha República imaginaria— se atribuye haber dicho (Ay Salazar Mallén, ay Samuel Ramos, etcétera): “No estoy en contra del plagio cuando la víctima desaparece. Ya se sabe que ‘el león se alimenta de corderos’ ”
            No son pocos los que ahora tienen entre cincuenta y cinco años y un pie en la tumba, quienes acusan al extinto premio Nobel de ser un caudillo, o, mejor dicho, un dictador cultural. Algunos, incluso, van más allá y señalan los velados vicios de Octavio Paz, como el hecho de que era ofensivo y discriminaba a sus subalternos por cualquier cosa. Pero ese no es el tema, el tema es lo que le pasó a Alatriste. “Plagiatriste” como lo llamó “cariñosamente” un lector del Blog de la revista Letras Libres, es acusado de plagiar descaradamente artículos que van desde un escritor español hasta Wikipedia. También se habla de sus “apropiaciones”, que él mismo denominó como “una especie de cita literal al cuadrado”.

Lo que le quedó cuadrado fue el ojo, cuando, al enterarse todos que el Premio Xavier Villaurrutia 2012 sería para él y para Javier Garrido, volvieron las antañas acusaciones hacia Alatriste, por el  grave delito de plagio. De Garrido ni fu ni fa, pero de Sealtiel surgió la polémica. De la oscura historia de robos intelectuales que hay detrás de su figura (el caso Saramago, en el que está implicado) y, por supuesto, sus propios plagios y “apropiaciones”. Así que Yepes pregunta ¿Qué pasó en Alatriste? y él mismo responde “Plagió en artículos e hizo apropiaciones —semiveladas— en novelas”.

Yepes aclara, de antemano:

“El plagio literario es una operación en la que un autor toma crédito de texto ajeno. Pero no del acto de tomarlo.

Apropiación, en cambio, es la toma de un corpus textual, de la cual el apropiacionista toma crédito explícito. O implícito gracias a algún guiño o a que la frecuencia con que se apropia (íntegra o parcialmente) de obra ajena lo hace públicamente reconocido como apropiacionista.”

Esta diferencia entre plagio y apropiación es del todo distinta y distante. Intelectualmente, un plagio es algo muy pero muy bajo y contrario a un requisito fundamental que todo escritor (que se precie de serlo) debe mostrar: creatividad —dejemos de lado la palabra “originalidad”—. La creatividad es un don, por así decirlo, que viene de fábrica. Es obvia e inevitable la influencia, a lo largo de la vida, de experiencias, lecturas y todo tipo de situaciones, para que esa creatividad fluya. En un supermercado, por ejemplo, observamos una situación espectacular, o por lo menos, fuera de lo cotidiano, o incluso trivial pero en algún modo significativa, o trivial e insignificante y eso precisamente la hará digna del principio de una novela. La creatividad hace que las cosas se refresquen y pierdan la aridez que lo cotidiano les otorga.  

Pero ¿qué pasa con los que no cuentan con este don? La evidencia parece indicar que todo aquel que no cuenta con el don de la creatividad y quiere ser escritor, se dedica a robar las ideas de los demás, o, en su defecto, a criticarlas. No digo que esta evidencia sea regla general. No es así. Existen personas con el don de la creatividad y plagiarias de ideas ajenas; también tenemos a excelentes críticos de ideas ajenas que tienen las suyas propias, de igual calidad que su capacidad crítica. En el caso Alatriste no existe la evidencia suficiente para acusársele de plagio, aunque sí, cabe mencionar, la tentación es mucha.

Desde mi punto de vista Sealtiel Alatriste es un escritor prescindible. Una futura enciclopedia de escritores podrá borrar de su lista a Alatriste y nadie (salvo él y su memoria) resultará agraviado. Debo confesar que no he leído mucho de él, sólo el primer capítulo de una novela que no me gustó y una reseña de la vida de Julieta Campos, publicada por la Revista de la Universidad en octubre de 2007, si mal no recuerdo. El capítulo de esa novela no me gustó, por eso ni el nombre recuerdo. Me dio flojera. La reseña, pues, me pareció acorde con el tipo de revista y la clase de tipos que en ella escriben.

La mención del artículo de Camilo José Cela que plagió Alatriste fue realmente un plagio. Sin embargo, en la defensa que hizo de su persona y trabajo en una entrevista con Carmen Aristegui, para mí sí tuvo sentido. Dijo, entre otras cosas, que sí, efectivamente, cometió un error. También destacó que se trataba de una “copia” indebida, pero no de un plagio. ¿Cuál fue su perspectiva, su justificación? Señaló, en primer lugar, que un plagio es cuando se obtiene algún reconocimiento o algo por el estilo, por una idea o texto ajeno. Esto no convenció a Carmen, quien le dijo “pero ¿te publicaron, no?” La sola publicación ya es el reconocimiento a su escrito, ahora puesto en duda como tal. Pero la defensa de Alatriste fue pertinente. El escritor consideró que, ya reconocido el error, mantenía su posición de que se trataba de una copia indebida, no de plagio, porque, a pesar de que transcribió sin citar al autor original, el artículo en el cual vertió indebidamente esas líneas tenía otra intención, otro significado, es decir, se trata de un texto totalmente diferente.

Además, argumentó, no se trataron de textos académicos que, por antonomasia, requieren un riguroso aparato crítico. También pidió que no se confunda el todo por la parte; la totalidad de su obra literaria es mucho más que esos errores en los que incurrió.





Sobre plagios y apropiaciones, Yepes aclara: “Diferencia radical: lo que el plagio busca mostrar como Original y Propio, la apropiación desea mostrarlo como no-propio y anti-original”. No podemos decir hasta qué punto Alatriste pretendió mostrar las “copias indebidas” como algo Original y Propio, eso solo el autor lo sabe. Pero, apelando nuevamente a las evidencias, parece que sí se trata de simples copias indebidas; no es plagio, pero sí es una falta grave de todos modos. De su apropiación literaria, Yepes indica que es “semivelada” como diciendo “semiplagiaria”, lo cual, también depende de la conciencia de Alatriste.

Sealtiel Alatriste plagió, es un hecho. Plagió porque transcribió textos de otros autores sin citarlos. ¿Se “apropió” de alguna novela de Henry James? Sí, y no tiene nada de malo porque es una forma de escribir y en ella va el reconocimiento al autor del que se apropia. El problema de Sealtiel es aún más profundo y tiene que ver con su trabajo como director de diversas editoriales y de la difusión cultural de la UNAM. Es una especie de “cacique” dentro de la Universidad, junto con Ignacio Solares, director de la revista de la UNAM. ¿Han colonizado el premio Xavier Villaurrutia? Quizá sí, pero no la UNAM, sino ellos, los que se sirven de la Universidad para amasar grandes fortunas, “crecer” intelectualmente, publicarse los unos a los otros, y pasársela citándose mutuamente (que no plagiando) para aumentar sus votos y currículos. Sealtiel es parte de esa mafia y por ello debe caer, lo de sus plagios es lo de menos, cuando más, es la mecha que prendió la bomba.

viernes, 17 de febrero de 2012

A propósito de Sealtiel Alatriste y el plagio.

Sealtiel Alatriste renunció a la dirección de difusión cultural de la UNAM y al premio Xavier Villaurrutia 2012, toda la información se encuentra en el siguiente enlace: http://www.proceso.com.mx/?p=298453. Sin lugar a dudas el señor Alatriste cometió varios errores, y a pesar de que no quiero hablar precisamente de los plagios que se le achacan (en la red ya le han echado con todo al pobre escritor), esto da pie para platicar sobre el espinoso tema de las citas, y por consiguiente, del posible pecado de plagio al que todos estamos expuestos.

            Mi interés por esta temática tuvo un doble origen. El primero se remonta a un curso de la licenciatura, en el que un profesor acusó (pruebas en mano) a varios compañeros de haberse volado párrafos, e incluso páginas enteras de la internet. No sé qué tanto trascendió el hecho, yo, por fortuna, no tenía internet en ese entonces y, también por fortuna, mi análisis versaba sobre un escritor novohispano del que casi nadie se acuerda. Pero el tema me interesó de súbito, por lo siguiente.

            Existen hechos que, bien sabemos, no pueden ser propiedad exclusiva de persona o institución alguna. El famoso descubrimiento de América, por ejemplo, contiene una serie de información que podemos desplegar de la forma que queramos. En un esquema, una narración, etcétera, caben datos como 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón, tres carabelas, etcétera. El plagio, pensé en mis primeras reflexiones, no se debe al qué, sino al cómo, es decir, a la forma en que se muestran los datos. Si alguien escribe: “El 12 de octubre de 1492 Cristóbal Colón descubrió América” podemos pensar que se trata de una frase muy simple; sin embargo, si aparece escrita por alguien reconocido, no puede volver a disponerse de esas palabras en ese mismo orden sin citar al autor. La sospecha de plagio será inevitable. Así que uno mejor dirá: “América fue descubierta por Cristóbal Colón, esto el 12 de octubre del año 1492”, cuidando que la adición o reducción de palabras, así como las paráfrasis de todo tipo sean cuidadosamente originales.

            Pero, aun cuando sean las paráfrasis dignas de un maestro, no faltará algún suspicaz que considere la posibilidad de plagio. Así que mis reflexiones continuaron hasta dar con el posible problema: el aparato crítico. El segundo origen de mi interés nació después de leer El secreto de la fama, un precioso libro de Gabriel Zaid donde, entre otras cosas, denuncia las mafias académicas donde “tú me citas y yo te cito”. Lo que está entre comillas es una cita de memoria (no tengo el libro a la mano) pero ya he mencionado a Gabriel Zaid, el error no puede ser plagio pero quizá sí desvirtuar o descontextualizar la información que el autor regiomontano escribe. Ese es otro problema referente al plagio, las citas y al aparato crítico en general.

            La solución podría ser aludir a todos los errores posibles y deslindar la responsabilidad antes de que algún malintencionado lector (que los hay y por montones en el ámbito universitario) afine su índice para señalarnos con ganas de sacarnos un ojo. Un ejemplo de esta solución podría ser uno en el que un párrafo comience diciendo “Cristóbal Colón es un personaje histórico que descubrió América. Otro dato que cruza con él es que fue en el año de 1492”. Inmediatamente poner una “saludable” nota al pie de página que aumente: “El libro de quinto grado de primaria dice así: ‘El año de…’, por otro lado, la Historia General de El Colegio de México, de este hecho dice: ‘…’” Así sucesivamente con todos los datos sobre los que alguien más ya haya escrito previamente.

            Pero tal solución es muy cansada porque sobre los hechos más conocidos de la historia y la cultura se han escrito mares de información. Además, la ley de protección al trabajo intelectual especifica que solo se protege lo que de “original” tenga la obra. Esto acarrea otro inevitable problema del aparato crítico: la originalidad.

            Para debatir sobre qué es original y qué no lo es, primero se debe preguntar quién tiene la suficiente autoridad moral para discernir al respecto. Además, de contar con algún ser terrenal capaz de darnos semejante luz al respecto, existe otro problema: no todos entendemos de la misma manera el término “original”. Veamos lo que dice el DRAE con respecto a esta palabra:



original.

(Del lat. originālis).

1. adj. Perteneciente o relativo al origen.

2. adj. Dicho de una obra científica, artística, literaria o de cualquier otro género: Que resulta de la inventiva de su autor. Escritura, cuadro original. U. t. c. s. m. El original de una escritura, de una estatua.

3. adj. Dicho de cualquier objeto: Que ha servido como modelo para hacer otro u otros iguales a él. Llave original.

4. adj. Dicho de una pieza integrante de un aparato: Que procede de la misma fábrica donde este se construyó.

5. adj. Dicho de la lengua de una obra escrita o de una película: Que no es una traducción. La película se proyecta en su lengua original.

6. adj. Que tiene, en sí o en sus obras o comportamiento, carácter de novedad. Un peinado original. Apl. a pers., u. t. c. s. Es un original.

7. m. Objeto, frecuentemente artístico, que sirve de modelo para hacer otro u otros iguales a él.

8. m. Escrito que sirve de modelo para sacar de él una copia.

9. m. Persona retratada, respecto del retrato.



            Me parece que las definiciones que se confunden son la (2) y la (6). Para la (2) queda claro que tratándose de cualquier obra, la original es sólo aquella que “resulta de la inventiva de su autor”. La inventiva, al no poder medirse, también atrae sus propios problemas. De la (6) llama la atención el “carácter de novedad” en la obra o comportamiento de alguien. De una vez debe quedar claro: plagiar no podrá, bajo ningún rubro, considerarse novedad; aunque, por otro lado, sorprendió lo de Alatriste, sobre todo porque no se trataba de una persona la que denunció, sino de un río que en su cauce llevaba acumulando años de acusaciones y terminó por desbordarse, y ya sabemos que “si el río suena, es que agua lleva” (refrán popular, es decir, de todos y de nadie).

            En este preciso instante del Universo me parece que la originalidad no radica en el qué, ni siquiera en el cómo, sino en las temáticas que suscita, que inventa, que crea cualquier obra, ya sea artística o científica. Inventar, en su acepción latina significa “hacer venir”, es decir, “descubrir”. Hoy día son pocos los que comprenden ésta palabra. Cuando algo se “descubre” significa únicamente que estaba “tapado”, por eso se “descubre”. Pero hay quienes piensan (y son muchos, la mayoría) que algo original es algo que por fuerza nadie anteriormente dijo, mencionó o aludió; incluso tienen un parámetro: mientras sea más inentendible es que, en efecto, es original, “por eso nadie lo entiende, porque es original”.

            El señor Sealtiel Alatriste sin duda plagió a varios autores, y, tengo entendido, también ayudó a otros a plagiar, esos otros de la talla del extinto nobel José Saramago. Pero esto no es algo que se reduzca al ámbito de la escritura, el “plagio” existe desde que existe la vida en sociedad. Muchas veces, con o sin querer, nos mimetizamos con ideas, conductas y todo tipo de modelos de acción de nuestros vecinos. Así, muchas veces sin darnos cuenta, hacemos nuestras muchas ideas, palabras, gestos y actitudes de otras personas, y cuando se nos advierte atinamos a decir, por ejemplo: “yo ya decía eso desde antes de conocerte”… en la acepción de originalidad que todos tenemos, nadie es “absolutamente” original. La música es claro ejemplo de ello.

            De sancionar realmente el plagio, muchos investigadores científicos, sobre todo de las ciencias sociales, ya habrían caído, como cayó Alatriste. Muchos doctores, miembros ahora del SNI, subieron a base de robarle las ideas a otros. Pero, si robaron ideas, ¿acaso las ideas tienen dueño? Esto es algo que también se debe aclarar cuanto antes. Por lo pronto todo queda en simples reflexiones que pretenden (pero no aseguran) la originalidad. Quizá lo original en mi caso sea el cómo llegué a interesarme en estos temas.

            La originalidad es una búsqueda del hombre por diferenciarse de las masas, del “otro”, en fin, de todo aquello que le parezca “común” a los demás. No sé si esta idea ya fue explayada por alguien más, sospecho de Sartre, entre otros. No deseo arrogarme el lujo de decir que esa idea es original, pero aún sin ser original, no por ello es menos mía.

sábado, 3 de septiembre de 2011

LA SUPERSTICIOSA ÉTICA DEL HISTORIADOR.

 
Comenzaré este escrito por agradecer los comentarios que por distintas vías me han hecho llegar.  Uno de esos comentarios trata de mi reflexión anterior la cual titulé “Por quién doblan las campanas”. Agradezco al amable lector haberme prestado parte de su valioso tiempo (lo digo sin sarcasmo) tanto para leerme como para criticarme. Y como esta vez mi pretexto son los historiadores, a continuación transcribo el comentario para ilustrar la presente reflexión. Respeté el estilo y las faltas de ortografía:

OTRO ARTÍCULO QUE SE TIRA AL DRAMA Y LO ÚNICO QUE ATINA A DECIR ES "AMEMONOS LOS UNOS A LOS OTROS" SI LO ESCRIBIÓ UN HISTORIADOR, EL MEJOR QUE NADIE DEBERÍA SABER, QUE LA HISTORIA Y EL MUNDO QUE AHORA TENEMOS, SE FOJÓ CON LA ESPADA (LA PLUMA SERVÍA PARA LEJITIMAR LA ESPADA O PARA CRITICARLA, PERO LA ESPADA IBA EN PRIMER PLANO) Y SI NO LO ESCRIBIÓ UN HISTORIADOR, ENTIENDO POR QUÉ ES TAN ILÓGICO.
TODOS LO ARTÍCULOS DE QUIENES QUIEREN PAZ SIN HACER LOS ESFUERZOS QUE SE REQUIEREN PARA LOGRARLA, SE ENCAMINAN A CRITICAR AL PRESIDENTE, COMO SI EL FUERA EL ÚNICO ENCARGADO DEL GOBIERNO, O AVÍSENME SI YA CAMBIAMOS A LA DISTADURA O A LA MONARQUÍA, POR QUE YO NO ME HE ENTERADO!! COMO DICE EL DICHO " EL QUE QUIERA AZUL CELESTE QUE LE CUESTE" Y EN ÉSTE CASO, EL AZUL CELESTE ES LA PAZ.
POR ÚLTIMO SOLO QUIERO PRECISAR QUE NO DEFIENDO AL PRESIDENTE, PERO TAMPOCO CREO QUE EL SEA EL CULPABLE ÚNICO DE LOS PROBLEMAS POR LOS QUE ATRAVIEZA EL PAÍS!!”

I.
Siempre he sostenido que para ser historiador sólo se necesitan dos cosas: tiempo y dinero. La diferencia entre un historiador y un “buen” historiador es de orden cuantitativo, más que cualitativo. De ahí que Wikipedia e incluso Youtube hagan más que excelente competencia a muchos académicos y sus extensos currículos. ¿Es necesario señalar que la inteligencia, en este quehacer, no resulta imprescindible?
          La palabra inteligencia proviene del concepto latino intus legere, que significa algo así como “leer por dentro” o “leer adentro”. Si la historia es un quehacer intelectual, entonces el historiador debería ser inteligente, saber “leer por dentro” el objeto de sus investigaciones, aunque sea en grado mínimo. Pero la inteligencia del historiador promedio es “prestada”, por decir lo menos. El estudio profesional (esto es, institucionalizado) de la historia está plagado de lugares comunes. Para el trabajo de formación sería suficiente comenzar con hacerse de algún libro sobre historiografía, esto para observar cómo ha evolucionado la escritura de la historia; después ya se vuelve necesario un argot mínimo, pulido al fragor de varios años de interminables lecturas. El uso de palabras como “anacronismo” y “contexto” delatan que efectivamente alguien aprendió bien el oficio.
          Después de haber aprendido el léxico mínimo de una plática de historiadores, el siguiente paso consiste en aprender la correcta utilización de ciertas frases ya construidas, tales como “esta información hay que tomarla con pinzas”, “hay que aterrizar esta idea”, “debemos matizar tales o cuales hechos”, eso hasta construir un andamiaje propio por el cual se pueda transitar a gusto, y así ser tomados por unos eruditos.
          Posteriormente viene la especialización. El historiador dedica su vida al estudio minucioso de algún tema, para conocer de él hasta la más nimia verdad, que por inútil no deja de ser verdadera y digna de conocimiento, aclara con puntualidad el investigador a sueldo, perdón, académico. Y así, ya sea por alguna temática o época (o ambas), el profesional del pasado del hombre demuestra su potencial cuando evita el anacronismo, sabe contextualizar, toma con pinzas la información con que cuenta, aterriza sus ideas y matiza con ellas los hechos que estudia, así como conoce hasta el más mínimo detalle, día por día, minuto a minuto, de temas tan enigmáticos como el desarrollo de los ferrocarriles durante el porfiriato, por ejemplo.

II.

Pero ahí no termina el trabajo del historiador. Es imperativo interactuar con otros colegas para demostrar su campo de acción y dominio. Es en este punto cuando nace la supersticiosa ética del historiador. Ya que cuenta con el bagaje mencionado en el apartado anterior, el estudiante o profesional en cuestión se dedica a enjuiciar a quienes se atreven a hablar de historia. Y así comienza a tachar de “ingenuo”, “confundido” o “ignorante” a aquellos que manifiestan una postura diferente o contraria a la que su ética (supersticiosa) les dicta. La superstición no es aquí otra cosa que una fe desmedida, es un adjetivo que utilizo para calificar más que descalificar, por lo que creemos estar fuera de ese juego, pero júzguelo mejor usted, amable lector.
          Si soy historiador debería saber que la espada siempre ha ido en primer plano y que la pluma sólo sirve para legitimarla. Por otro lado, si no soy historiador, se entiende de suyo lo ilógico que es suponer lo contrario. A pesar de que no estoy de acuerdo en tal suposición, en ese escrito jamás declaré que la pluma precediera a la espada. Lo que sí advertí fue que “[e]n México han existido, políticamente hablando, dos tipos de hombres: los que tienen por arma la pluma y los que de plano se aferran a la espada.” Después hice referencia a don Daniel Cosío Villegas, quien señaló que durante el siglo XIX y parte del XX los escritores políticos se dedicaron a ambas actividades, y que incluso algunos dieron mayor prioridad a la espada que a la pluma.
          Cuando un historiador lee a otro lo primero que hace es poner en juego sus lugares comunes. Busca el anacronismo, la descontextualización, la falta de aterrizaje en ideas, el desconocimiento del más mínimo dato, etc., y cual dios impiadoso, suelta el látigo iracundo de su conocimiento. Ahora bien, decía Louis Althusser que toda tesis que pretenda filosofía debe ser dogmática. Y he aquí que me atrevo a lanzar dos: todo intelectual debe ser un revolucionario; el verdadero historiador es un intelectual revolucionario.

III.
Si no es revolucionario no es intelectual, pero ya sabemos que para ser historiador no se necesita el intelecto. Historiadores inteligentes, como Fernand Braudel, Marc Bloch, Eric J. Hobsbawm, Michel De Certeau, entre muchos otros nombres, han revolucionado los proyectos de la historia, más que dedicarse a acumular datos con la idea de que ese simple hecho les otorga autoridad en determinado tema. De ahí que otro historiador inteligente, Roger Chartier, declarara: “A mi parecer, lo que da sentido a los análisis historiográficos o metodológicos es su capacidad de inventar objetos de investigación, de proponer nuevas categorías interpretativas y construir comprensiones inéditas de problemas antiguos”. Eso no lo entienden incluso algunos catedráticos, para quienes la Catedral o cierta pintura colonial ya están más que estudiadas.
          Pero insisto, bastan tiempo y dinero para formar la carrera de un buen historiador. Sobre si soy historiador la respuesta es no. Alguna vez una profesora sentenció: “ser licenciado en historia no significa ser historiador,  historiador es aquel que escribe un libro de historia”. Jamás he escrito un libro de historia. No que yo recuerde. Es más, ni siquiera soy licenciado en historia. Tengo tiempo, pero carezco de dinero, y cuando ingrese al mundo productivo, tendré algo de dinero, pero el tiempo se habrá ido. Recomiendo que esta información sea vista dentro de su contexto, también que le sean dibujados los matices necesarios para que funcione como un testimonio histórico. Por último, cabe un dato objetivo: siempre he querido ser un gran músico o un gran ajedrecista, pero carezco de tales talentos. ¿Por qué estudié historia? Porque no soy inteligente.

Nota: el título de este pequeño artículo es la paráfrasis de un ensayo de Jorge Luis Borges: “La supersticiosa ética del lector”. Como bien observará el lector atento, aún carezco de capacidad creativa para inventar un título totalmente original.

lunes, 29 de agosto de 2011

POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS.

I
Dicen los que saben –y lo saben pues se atreven a decirlo– que vivimos al borde de la locura total. Locura, digamos de una vez, no como aquél ente opuesto a la razón, sino como simple ausencia de ésta. La locura total, entonces, no es más que la total ausencia de razón. No se discurre conforme a los efectos de la inteligencia, se discurre con balas: con muerte.
            En México han existido, políticamente hablando, dos tipos de hombres: los que tienen por arma la pluma y los que de plano se aferran a la espada. Cosío Villegas apuntó que hubo grandes pensadores que pasaban de la pluma a la espada, pero no sin antes reflexionar sobre sus actitudes bélicas. No hace falta decir que la espada es más contundente, sin embargo, la pluma es la única legitimada para convencer. Ya lo dijo un cantante de rap, no se discute con un difunto. Pero ¿es necesario convencer? No. Al menos no ahora. No aquí. Lo que éste aquí y ahora necesitan es contundencia, es decir, matar. Y si no escuchemos al mismo presidente, quien se mueve en un mundo diferente al nuestro, con términos por demás vagos, confusos, tautológicos, tales como “impunidad rampante”, “mexicanos de bien”, “eficacia en los tres órdenes de gobierno”…
            Impunidad rampante. ¿Acaso la impunidad, con el sólo hecho de existir, no es rampante? ¿Es necesario el adjetivo “rampante” fuera del tono dramático de los discursos presidenciales? Quebrantar la ley sin ser castigado es de suyo índice de impunidad… rampante. Como un león al acecho, la impunidad atrapa –no por ser otra cosa que rampante– a cualquier pobre hombre que necesita un coche nuevo, una casa, alimentar a su familia, unos tacos y un refresco… y con sus garras destroza (rampantemente) a su igual empobrecido espíritu. En fin, cualquier acto de impunidad es de por sí rampante,  Señor Presidente.
            Mexicanos de bien. Dejemos que la moral hable para que las palabras mismas destaquen el error. Si cometemos la osadía –¡hagámoslo!– de asegurar que ser mexicano es ser hombre de bien, no se tornaría necesario apuntar que aquél que no es un hombre de bien, ipso facto, no es mexicano. Evitemos la salomónica tarea de señalar los rasgos que un hombre de bien debe tener para ser considerado como tal. Sólo digamos, como “de paso”, que es innecesario señalar que existen mexicanos de bien, porque los otros, los “malos”, han perdido a su Patria al traicionarla, Señor Presidente.
            Eficacia de los tres órdenes de gobierno. Dentro y fuera de contexto, sólo expongamos que si no hay eficacia no hay orden y mucho menos gobierno, Señor Presidente. Y que valga mucho lo señalado: “dentro y fuera de contexto”.


II
            Supongamos que los medios de comunicación piden que el embajador de Utopía, (país-no-lugar próspero y feliz que ha mantenido una armonía envidiable desde su nacimiento en el siglo XVI), exprese su sentir acerca del asesinato artero de por lo menos cincuenta y dos personas que disfrutaban del enajenante juego de las tragaperras en un casino de Monterrey. Me atrevo a asegurar que el entrevistado, si bien mostrará consternación, no se observará sorprendido. Quizá su función diplomática le evitará comentar y menos criticar los tres órdenes de gobierno de nuestro país, pero afirmará entre líneas que en México no hay “mexicanos de bien”, quizá citará algún pasaje bíblico, “justo no hay uno sólo”; mejor aún, hará una paráfrasis de John Donne, y dirá: “En Utopía, cada hombre es un continente, una parte de la tierra. Y así como la mar, cuando engulle alguna isla de mi país, disminuye todo Utopía, de tal manera es que si el día de mañana un utopinés llegase a morir, todos los demás moriremos, porque estamos atrapados en la humanidad: tristemente seremos menos”. Inmediatamente lanzará la sentencia: “no preguntes por quién doblan las campanas, doblan por ti.”
            Ante las palabras del embajador, los más sensatos reflexionarán. Los presentadores de televisión, los abogados y uno que otro despistado, apuntarán al Estado de Derecho; el ejército dirá “más armas y menos garantías”; los rojos, los amarillos y los verdes, denunciarán cierta Estrella de la muerte de un Imperio que contraataca. Todos, al unísono, gritarán con un odio medrado que cierto vecino “rápido y furioso”, de la mano de un “conductor ebrio”, tienen al país entre sangre y fuego. Los “malos” amenazarán con “levantar” al embajador de Utopía. Lo más triste, sin duda, es que de todos ellos ninguno, pero absolutamente ninguno, dirá: “mi Patria es el Hombre”.

III

En inglés las palabras believe (creer) y love (amar) se contienen e implican mutuamente. Hablamos de que comparten una raíz etimológica común: galaubjan . No hay amor sin credibilidad ni se puede creer a quien no se ama. Si bien hoy día ni los angloparlantes consideran dicha implicación (imagino que varios desconocen el pasado de las citadas palabras), pensemos, pues, en la necesidad de que amor y credibilidad vayan de la mano. Esto no es más que una simple sugerencia.
            Quizá el hombre más odiado de México, desde hace algunos años, sea Felipe de Jesús Calderón Hinojosa, actual jefe del Ejecutivo. Como bien los gritos de protesta en su contra nos indican, quienes le odian no le creen, y aquí ¡extrañamente el aspecto negativo sí cumple la dualidad amar=creer! Por amor nadie se hace a un lado. Por amor se pierde la credibilidad. Y por eso de un lado señalan a cierto candidato: “yo no creo en… ¿tú sí?; del otro lado, también hacen lo mismo. Los que nacieron para la izquierda, ya por pobres y justicieros, o por simples bienintencionados, vaya usted a saber, culpan a la derecha, y éstos no se quedan atrás, culpan a los malos, ¿quiénes son los malos? Todos los demás, los que no nacieron y se criaron dentro de esa visión teleológica al estilo Opus Dei, “naciste pobre, quédate pobre, ese es tu lugar en el mundo; naciste rico, disfrútalo, naciste para gobernar a los demás”.
            Así, estimado lector, en vista de la perspectiva, todos “son un peligro para México”. Aquí también llegamos a otra ambigüedad. ¿Qué es México? La respuesta depende también del color de la bandera. El gran filósofo Bertrand Russell dijo que un lenguaje perfecto sería aquél en que existiera una sola palabra para cada cosa, y que todos convinieran en tal significado. Por desgracia, una palabra designa muchas cosas, particularmente “México” define una cosa distinta según el mexicano cuestionado. Si, ya estamos hartos, ¿de qué? De la injusticia y barbarie, pero en definirlas tampoco estamos de acuerdo. Si preguntamos a Felipe Calderón el hombre, el mexicano, si considera que las acciones del ejecutivo son injustas y bárbaras, puedo asegurar que dirá que no.
            Nadie cree porque es un hecho que no hay amor, lo único que encontramos son intereses, la gran mayoría de ellos mezquinos, ruines y arruinadores. El ser humano necesita vivir de verdad, esto es, concentrarse en servir a su familia, sin menoscabo de.la comunidad, de la región, del Pueblo. ¿Imposible? Es muy probable. Personas ilustres como Tomás Mojarro, el “Valedor”, se han dedicado incansablemente a localizar, determinar y buscar las posibilidades de caída del enemigo histórico de nuestro país. Sinceramente desconozco cuál sea el enemigo real de México, por el momento me atrevo a pensar que somos todos. Pero no todo está perdido, podemos comenzar por creer en nosotros mismos, es decir, por amarnos.